A algunos chilenos les cuesta demasiado aceptar al otro como igual. No como igual en lo externo -llámese riqueza, origen, color de piel, estilo, gustos, modos de hablar-, sino en lo medular, es decir, que merecen idéntica valoración que ellos mismos. Cunden la clasificación, el clasismo, el racismo, los prejuicios autoritarios. Hoy menos que antes, y por eso se nota más, pero aún con mucha fuerza. En las marchas del año pasado, esto fue denunciado a los cuatro vientos.


PATRICIO FERNÁNDEZ


El autor

Patricio Fernández es escritor y periodista. Director y fundador de la revista The Clinic. Además, se le puede escuchar todas las mañanas en radiozero.cl.
 

En las redes sociales

Puedes seguir a Patricio en Twitter y leerlo en su Blog de El País.

 

 

Durante la formación de un ciudadano (estaba en el subtexto de todas las pancartas) no es justo que se hagan diferencias. El que éstas sean brutales, es inaceptablemente injusto. Este 2012 comenzó exhibiendo a la luz pública el instructivo del Club de Golf de Chicureo, donde se prohibía que las empleadas domésticas -familiarmente llamadas “nanas”-, ingresaran sin uniforme y osaran meter un pie en la piscina del recinto.

Ayer salió a colación otra denuncia que apuntaba a un condominio del mismo sector, donde las cocineras, mucamas y trabajadores no pueden entrar a pie para evitar los robos, según argumentan. O sea, si tiene pinta de pobre, es un ladrón potencial. ¿Y los ejecutivos de La Polar, digo yo? ¿Y los miembros de la mafia de los pollos?¿Hay alguien vigilante, sospechando de los que deambulan en autos lujosos? Sumando y restando, han robado muchísimo más que todos los rateros juntos.

El meollo del conflicto con los mapuches, encierra algo de lo mismo. Para algunos, ellos son los intrusos dudosos que se pasean por un condominio llamado Chile. Pocos se detienen en el hecho de que habitan estas tierras desde antes. En el tono con que las autoridades se refieren a ellos, no hay rastros de respeto, ni qué hablar de admiración. La cultura que encarnan parece significar nada para las elites gobernantes. Cuando mucho, son parte del folclore, como también lo es el roto chileno, hoy delincuente común. Aparecen en los libros escolares y los espectáculos lumínicos –recuerdo una proyección en La Moneda para el 18 de septiembre del Bicentenario-, enteramente separados de su descendencia, como si se tratara de un pueblo muerto que dejó rondando fantasmas sucios.

En su interior son tan diversos como cualquier pueblo: tienen sus locos de cabeza caliente, sus políticos, sus poetas, sus frescos de raja y sus virtuosos, pero un desprecio de clase y de raza los condena en conjunto. “El despojo, la usurpación de las tierras es algo que está en la memoria colectiva muy reciente. De los abuelos. No viene de la prehistoria”, le contó a PV el padre de Matías Catrileo, el joven del Lastarria asesinado hace tres años por un carabinero que le disparó a mansalva, con “exceso de celo”, según dicen ahora que lo dejaron libre.

Refiriéndose a eso por lo que su hijo peleaba, agregó: “Está bien luchar por mantener mi idioma, mis costumbres; por mi tierra, porque de ella obtengo los productos y me asegura la próxima generación y si no contamino, no sólo me va a beneficiar a mí, sino que a todos los que vengan después. Eso hoy tiene cada vez más validez”. Buena parte de la revitalización de la causa mapuche, dicho sea de paso, se debe a que los pocos miembros de esa comunidad que consiguen educarse, leer, crecer… en lugar de tomar distancia con vergüenza, regresan a su Itaca, hoy plagada de invasores arrogantes.

La Coordinadora Arauco Malleco (CAM), a la que el gobierno atolondradamente optó por responsabilizar del incendio de Carahue, donde han muerto siete brigadistas, entre los que se cuenta un mapuche, ya declaró que no tiene nada que ver con el asunto. ¿Han investigado si acaso no estamos ante quemas patronales para cobrar seguros? Porque si se trata de expandir sospechas al boleo, capaz que haya sido hasta Hinzpeter el que mandó a un pirómano para hacerse de otro escándalo que le permitiera aplicar leyes de excepción.

Capaz que haya un mapuche involucrado, sepa Dios, como se dijo que en las Torres del Paine el causante del fuego había sido un israelí, y no faltaron los idiotas que vincularon a Israel entero. La reacción del gobierno fue intolerablemente burda y estigmatizadora, tanto como la de los siúticos de Chicureo, que de puro recién llegados aún no descubren las riquezas permanentes. “Chicureo”, por si las moscas, es una palabra del mapudungun que significa “lugar donde se arman lanzas”. ¿Habrá winkas que quieren guerra?