Verónica Cañunao, de 14 años, una noche de 2010 soñó que sería machi. A partir de entonces tuvo que cambiar los jeans por un atuendo mapuche, dejar el colegio para empezar a levantarse todos los días a las cinco de la mañana. Y era solo el comienzo.

TEMUCO.- Todo empezó con un sueño. Una escena extraña, repetitiva e insistente. La niña caminaba por un bosque verde y tupido. No sabía si era de día o de noche. Daba un paso tras otro en medio del follaje espeso. De pronto, al final del peregrinaje, aparecía una laguna cristalina y dos caballos: uno negro y uno blanco. El primero, con un cuerno de unicornio, intentaba atravesar el corazón de la niña. El blanco la protegía. En la misma imagen había fuentes con remedios hechos de hierbas. Ella no lograba identificar qué había en los recipientes de greda, solo sabía que contenían medicina milagrosa.

“En ese sueño me hablaban en mapudungún, pero, como yo no sabía, no entendí lo que me decían”, susurra Verónica Cañunao Quidel. Está vestida con una falda. Bajo el género liviano y floreado la abriga un küpan –una manta negra con bordes de terciopelo negro–. Un pañuelo colorido le cubre el pelo negro, liso, que llega un poco más abajo de los hombros y que cae sobre su piel morena. La niña de 14 años habla tras el fogón que humea al interior de una ruca, un anexo de su casa. Es una construcción de 12 metros cuadrados levantada en la comunidad Juan Catrilaf, en Ñilquilco, a 27 kilómetros de Temuco.

Lo que Verónica no entendió esa noche de septiembre de 2010 sí lo comprendió su mamá Irenia Quidel (39). Lo supo de inmediato y lo con-firmó porque el sueño se repitió constantemente en diferentes noches durante un año. También porque la niña comenzó con un proceso que ella llama “enfermedad”: podía estudiar durante una semana la misma materia en el colegio sin recordarla. Le dolía la cabeza y bajó de casi un 6,0 a un 5,0 su promedio en la Escuela San Martín de Porres –a cinco kilómetros de su casa– donde cursaba séptimo básico. De hecho, a fines de 2011, Verónica dejó el colegio.

Un acto que podría ser negligente, no lo fue para el director de esta escuela. Elcides Gubelin cuenta que desde el año 95, en este recinto de 400 alumnos, han nacido seis machis mujeres y un hombre. “Para mí no es novedad que dejen el colegio. Cuando las niñas comienzan con los
síntomas viven como una especie de problema sicológico. No es que no les importen los estudios, pero se concentran en escuchar a la naturaleza, las plantas, buscar medicinas entre los árboles. Es tan fuerte, que no nos queda otra que respetar su cosmovisión. Nosotros entregamos una educación occidental tradicional y los tenemos que entender”, dice Gubelin, quien dirige esta escuela hace 25 años.

Cuando una niña sabe que será machi, es un regalo que llega de otra persona como ella. “Todo esto viene de mi mamá”, dice Irenia. La historia de la abuela de Verónica es el peor fantasma que cae sobre esta familia, porque ellos saben que este llamado, que podría ser una bendición, también puede acabar en tragedia. La señora Manuela Huaquinao Rucalaf murió de una extraña enfermedad en el Hospital de Temuco, hace 17 años. Irenia no recuerda, en los 22 años que alcanzó a verla con vida, que alguna vez su madre estuviera sana. “Ella descubrió el mismo
don cuando era niñita”, cuenta.

Pero en la casa de su madre prefirieron ignorar su destino como machi y dejaron que creciera de forma occidental. Para el pueblo mapuche los designios de Chaw Ngenechen son claros: si una mujer (u hombre) es elegida para ser machi, debe cumplir su misión, si no, enfermará o morirá. Desde el momento que llega el primer sueño, la futura machi debe conseguir una serie de implementos para el momento en que –en medio de una ceremonia– entre en trance y salga de él convertida en una verdadera autoridad religiosa del pueblo mapuche.

Para llegar a ser una machi hecha y derecha Verónica debe pasar por un camino largo y complicado. Una machi anciana, elegida por ella y su mamá, tendrá que hacer cinco satún, especies de rituales para ir llamando al espíritu de la machi que se introducirá en la niña para siempre. Después de eso viene el primer gran hito: el chinkolfoye, un evento para el que llegan hasta la ruca tres machis e invitados de la familia. Es el momento donde Verónica tiene que tener todos los implementos que necesita a la mano. Entonces se planta un canelo, se mata a un animal, que puede ser un caballo o una oveja, y la niña comienza a bailar pidiendo diferentes cosas. “En ese momento recibe el espíritu para ser machi”, cuenta Irenia.

Después del chinkolfoye, una machi con experiencia se la llevará a su casa para enseñarle las cosas principales, que no están en los libros, tampoco se toman apuntes y solo se transmiten por tradición oral. En esa casa Verónica debe permanecer entre seis meses y un año. Es una especie de escuela para machis, donde las mujeres ancianas y sabias enseñan sus secretos. Esa estadía cuesta cerca de un millón de pesos. El tiempo que demore Verónica desde el primer satún hasta convertirse en machi, dependerá de sus propios tiempos, de la rapidez con que vaya adquiriendo poder en los rituales y del ritmo con que aprenda cuando se vaya con su maestra. Verónica e Irenia ya eligieron a su machi señera: la machi Cecilia, que vive aislada cerca de los cerros y donde solo se llega a pie o a caballo.

Pero no es eso lo que preocupa a Irenia, sino el hecho de que aunque consiguieran la plata para todo pueden suscitarse otros problemas. “En el chinkolfoye la Vero puede pedir su cultrún, pero en la misma ceremonia, mientras baila, puede devolverlo si no le gusta, y pedir otro”, explica Irenia. “Cada vez hay menos mapuches que hacen joyas o los mismos cultrunes. Ahora hay muchos mapuches evangélicos que no creen en las machis”, dice, y cuenta que incluso su cuñado, que vive cerca de su casa, también es evangélico: “Prefieren a veces leer el libro”, dice refiriéndose a la Biblia.

El relato de Irenia trasluce un problema de fondo: las creencias foráneas que han llegado al pueblo generan un conflicto entre las propias tradiciones culturales y los dogmas de otras religiones. Al pedir ayuda, la familia, incluso, recibió portazos de otros mapuches que los acusaron de “paganos”. Según cuenta Irenia, solo cerca de su comunidad hay cinco iglesias evangélicas que han ido introduciendo su religión. Lo mismo con los católicos.

A pesar de la fuerza con que Irenia habla de este punto, Jorge Neira, presidente de la Unión de Iglesias Bautistas de Temuco, tiene otra opinión. “No hemos tratado de sacar al pueblo de su cultura. El pueblo mapuche ha visto que algunas prácticas no son beneficiosas, pero también he sido testigo de rogativas que han mezclado tradiciones evangélicas”, dice Neira, quien hace labor pastoral en Pitraco. A pesar de los obstáculos culturales, Verónica y su familia, creen que “diosito” les tenderá una mano para salir adelante.

Abrieron una cuenta RUT, donde le han hecho donaciones algunas personas, entre ellos dos empresas del rubro de la construcción. “A nosotros apenas nos alcanza para vivir, por eso me gustaría que más personas nos ayudaran. Yo quiero cumplir la tradición, pero es una tarea para la que se necesita mucha plata”, cuenta Irenia, mientras muestra con orgullo algunas de las cosas que ha conseguido con ayuda: mantas, küpan y una faja.

Cuando comenzó a tener los sue-ños repetitivos, Verónica no podía entender lo que la lengua ancestral de su pueblo le decía. Después que “se enfermó” ha tenido que aprender de a poco. La machi tiene que saber mapudungún.“Entu chafkuta tan chopa”, le dice Irenia a su hija. Y ella responde a la orden abrochando los botones del chaleco que se puso para enfrentar el frío de este sábado en Temuco. “Entu chafkuta tan chopa”, le dice Irenia a su hija. Y ella responde a la orden abrochando los botones del chaleco que se puso para enfrentar el frío de este sábado en Temuco.
Sobre una mesa, al interior de la ruca, está una fotografía. En ella aparece Irenia con todos sus hijos, de pie, en la plaza de Curacautín. Posan con el canasto de verduras que Irenia trasladaba cuando las vendía.

Verónica lleva zapatillas, jeans, una polera amarrilla y un chaleco blanco. “Así me vestía yo antes”, dice la niña apuntando la imagen, “pero ya no. Ahora tengo que andar con vestimenta mapuche. Dejé de comer papas fritas. Ahora tengo que comer mote, harina tostada y locro. Tampoco veo televisión; me tengo que concentrar en las cosas de mi pueblo. También dejé de escuchar música. Tenía diez canciones súper buenas con cantantes de reggaetón como Wisin y Yandel, Farruko y Daddy Yankee. Me gustaba escucharlos, pero no perreaba. También me gustaba comer completos con mayonesa y ketchup. Usaba zapatillas Nike y Puma; eso sí que nunca me maquillé. Solo una vez me puse un poco de brillo en los labios”.

Ahora la niña se levanta todos los días a las cinco de la mañana y reza por cerca de tres horas en su ruca, mirando al cielo, hacia un punto específico por donde verá salir el sol. Ya no va a fiestas y, aunque podría pololear y salir con sus amigas, es algo que no hace porque está concentrada ciento por ciento en su nueva tarea. Al interior de la ruca el fogón mantiene el calor intenso, aunque parte del humo se escapa por el techo. La ruca está casi terminada pero hay una parte del cielo sin totora. También falta afinar los dos dormitorios y el baño que utilizarán las personas que usen los servicios. Hay quienes se quedarán por varios días.

“Yo quería que la Vero estudiara, porque cuando uno no tiene estudios anda como un ciego”, dice Irenia. “Pero para mí es un privilegio que mi hija naciera con el don de Machi”, finaliza, orgullosa.