"Ulmen, el Imperio de las Pampas", se titula la exposición montada en la ciudad de Buenos Aires por el destacado artista trasandino Duilio Pierri. En ella el pintor rinde homenaje a Calfucura, el "Napoleón mapuche", como lo denomina.

BUENOS AIRES.- Se dice que Calfucura, el gran toqui mapuche de las pampas argentinas en el siglo XIX, metió la mano en la tierra y sacó una piedra azul con forma humana. Fue la señal: los dioses le ordenaban echar al invasor criollo de sus tierras.

Con esa misión, el guerrero cruzó desde Gulumapu (lado chileno del otrora extenso territorio mapuche) y recorrió todas las tolderías de la pampa, mostrando siempre la piedra sagrada y gritando, en paralelo, la frase de la liberación: "Soy Calfucura, la piedra azul. Y vengo a liberarlos".


La "otra" historia

Uno de los objetivos de Pierri es reformular el relato sobre los pueblos originarios describiendo "el punto de vista de aquellos caídos y proyectando un sentido de justicia que opere de modo liberador hacia el presente y el futuro".
"Lo que quiero manifestar -apunta Pierri- es que después de la invasión española y con el advenimiento de las Republicas, existió un momento de intercambio y la que la ruptura de esa armonía se debió a intereses exteriores. Reconocer ese genocidio es fundamental y es también la manera de reparar y asumir nuestra verdadera historia".

 

“Cafulcurá es como el Napoleón de los mapuches”, explica el artista Duilio Pierri. Y nadie mejor que él para decirlo. Porque Pierri se pasó los últimos cuatro años investigando sobre el tema y pintando cuadros gigantes, inmensos, sobre el cacique, la historia y la Argentina.

Treinta y cinco de esas grandes obras se exponen a partir de hoy en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, en la imperdible muestra “Ulmen, el imperio de las Pampas”. Pierri la llamó “Ulmen”, a la exposición, que en mapuche quiere decir “guerrero conectado con Dios”. Y en esta sala, el espíritu de los caudillos, de los ejércitos, se respira. Y cierta mística de la piedra azul, también.

“La verdad es que siempre me interesó el tema”, comenta el pintor. “Mi abuelo materno –pintor, poeta y astrólogo– vivió de chico en una carpa, en la campaña del desierto. Se educó ahí, solo. Así que yo empecé a escuchar relatos de caudillos y caciques también desde chico.” Y esto se nota, en la exposición. Hay caballos, lanzas, árboles y ríos. Hay rehues y machis, es decir, tótems usados por los mapuches para las ceremonias, y representaciones de la autoridad religiosa.

Hay mosquitos, tan típicos de la obra de Pierri desde los 80´s. Mosquitos que simbolizan el mal, que vuelan zumbantes, pegajosos, verdes y amenazantes, en medio de los paisajes. Hay líneas de batalla: son esos tres inmensos cuadros que se ven al entrar en la sala, al fondo mismo de la exposición. Hay también civilización –una de las obras más importantes de la muestra, en la que unos soldados-mosquitos matan y pisan a unos indígenas-, y hay barbarie –“un paraíso”, dirá Pierri, “ese en el que los pueblos originarios viven en armonía con la naturaleza”-.

“Critico el concepto occidental de civilización”, explica el pintor, “porque denominan ‘bárbaros’ a los que, en realidad, están respetando la naturaleza”.

La exposición es deslumbrante, va mucho más allá del tema. Es un festejo del color y del gesto. Y era esperable: Pierri es uno de los pintores contemporáneos más importantes de Argentina. Es lo que podría llamarse un “pintor- pintor”, o sea, alguien que insiste con el bastidor, el pincel y la pintura, y que no se cansa de descubrir –sólo con esto–, mundos posibles, sin caer en el tipico lugar común.

“Estos caciques son nuestros ancestros, tenemos que reconocerlos y sentirnos orgullosos de su legado”, proclama el artista. “Si no, ¡sería como si a los romanos no les gustara Julio César!”, concluye Pierri, con lucidez.